Se mueve con sutileza, deslizándose sin prisa en
su dirección. Sus ojos de gata le tientan. Él se lo permite. Se dedican una
sonrisa antes de abandonarse al sonido del tocadiscos. Después, pecho contra
pecho. Mejilla contra mejilla. Un suspiro. Una caricia disfrazada. Dos cuerpos
sin moverse. Moviéndose. Desconocidos jugando al desafío de la incertidumbre,
dando pasos sobre la nota de un acordeón. Un pacto de silencio se rompe con el
sonido de sus tacones girando sobre un pie, sobre otro, y tantea el oído de su
presa. Le habla, le canta, le insinúa la boca. Continúa, tómame, déjame. Una
pierna se adueña de otra, resbala perezosa. Quieren liberarse de un abrazo que
se les hace extraño a veces, necesario la gran parte del tiempo. El pudor lo abandonaron
en el sillón; el deseo se recibe en la pista. Está en el aire, en el aliento
cálido contra su cuello, que lo atraviesa, que se clava y desconcierta. Para,
mujer. No para, la música tampoco. Dibuja con la punta del zapato sus
intenciones; él las persigue, las busca, las encuentra. Se rinde ante sus caderas. No pares,
mujer, no pares. Se da cuenta de quién lleva a quién desde el principio, de que ese
abrazo ha sido su perdición, y de que en el tango, la pantera blanca siempre gana.

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