domingo, 28 de enero de 2018

La pantera blanca

Se mueve con sutileza, deslizándose sin prisa en su dirección. Sus ojos de gata le tientan. Él se lo permite. Se dedican una sonrisa antes de abandonarse al sonido del tocadiscos. Después, pecho contra pecho. Mejilla contra mejilla. Un suspiro. Una caricia disfrazada. Dos cuerpos sin moverse. Moviéndose. Desconocidos jugando al desafío de la incertidumbre, dando pasos sobre la nota de un acordeón. Un pacto de silencio se rompe con el sonido de sus tacones girando sobre un pie, sobre otro, y tantea el oído de su presa. Le habla, le canta, le insinúa la boca. Continúa, tómame, déjame. Una pierna se adueña de otra, resbala perezosa. Quieren liberarse de un abrazo que se les hace extraño a veces, necesario la gran parte del tiempo. El pudor lo abandonaron en el sillón; el deseo se recibe en la pista. Está en el aire, en el aliento cálido contra su cuello, que lo atraviesa, que se clava y desconcierta. Para, mujer. No para, la música tampoco. Dibuja con la punta del zapato sus intenciones; él las persigue, las busca, las encuentra. Se rinde ante sus caderas. No pares, mujer, no pares. Se da cuenta de quién lleva a quién desde el principio, de que ese abrazo ha sido su perdición, y de que en el tango, la pantera blanca siempre gana.




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