Ya no soy ni la cuarta parte de lo que fui hace años. De hecho, solo queda de mi un mordisco. Un pequeño trozo de carne que se niega a volver a sentir, a dejarse en manos que prometen sostener, en bocas que juran amar y en palabras que dicen "para siempre". Tengo los latidos contados, la circulación parada, los ventrículos inflamados de tanto sangrar. Me apenan los días y me arañan las noches, pues caigo de nuevo en el engaño de los sueños. El caos reina en el cuerpo, la bilis sube y baja, los quejidos retumban en los pulmones, el estómago se constriñe y las arterias se hacen un nudo marinero. Aguantan la respiración, piensan que pronto pasará el vendabal. Qué ilusas. Todos esperan la calma, pero el reloj interno se ha estropeado. Donde había mariposas, crecen polillas. Polvo. Donde retumbaba la risa, estalla el llanto hueco. Y donde cantaban las ilusiones libres, ahora confiesa un corazón comido, cuyo único delito fue ni más ni menos que amar.

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