A estas horas de la tarde, los últimos rayos de luz recortan la
silueta de los edificios. El día se acaba y me invade una angustia de origen
remoto. ¡El fin! El fin del día, de mis
días, la irremediable cuenta atrás de una miserable e insignificante alma como
la mía. La puesta de sol ha cobrado sentido desde esta habitación ensombrecida,
desde el escondite donde la veo y el corazón se me escurre por la camiseta
empapada de miedo. El inequívoco sentimiento de asfixia, la mano que estrangula
el cuello de la vida, el pulmón que golpea desde dentro por un soplo de aire
fresco. Hoy soy consciente de que muero un poco más que ayer, que se me vuelan
los días como las hojas al árbol, que vivo, pero a ratos, que el sol se va, la
noche llega, y que el reloj nunca espera.
