Génesis 2750
Nicolás ya no
sabía qué sorpresa darle a su mujer. ¿Qué se le regala a alguien cuando cumple
ciento cincuenta años? Ya le había comprado una capsula rejuvenecedora, un
perfume con la esencia de su infancia, dos pequeños dogbots que le hacían
compañía y a los que no tenía que alimentar, un crucero espacial en primera
clase para observar la vieja Tierra y sus cientos de satélites orbitando aún a
su alrededor, ¡incluso le había conseguido una rosa en el mercado de
contrabando, solo porque se le había antojado tener una planta extinta en casa!
Era imposible impresionarla, pero aun así la llevó a un espectáculo del que
decían, nadie salía igual que entraba. Cuando llegaron al lugar, una antigua
base de los humanos prehistóricos situada en la cara oculta de la Luna, Matilde
hizo un gesto de resignación y entró de mala gana. Un par de autómatas los
acompañaron hasta el último piso y les hicieron esperar en una terraza con
vistas a la Tierra, gris y anodina.
—¿Eso es todo?
¿Me has llevado a la otra punta de la Luna para enseñarme ese planeta muerto y
aburrido? Podrías habértelo trabajado un poco más.
—Cariño, ese
planeta son nuestras raíces, de donde venimos. Espera un poco, por favor, que
el show no ha empezado todavía.
—Mira, Nicolás,
tengo frío, llevamos aquí quince minutos de pie, me estoy perdiendo Romances
bajo Marte ahora mismo, y me apetece tomarme una píldora de hamburguesa con
aros de cebolla. Así que, o empieza esto ya o…
La voz de
Matilde quedó eclipsada por una voz grave y mucho más potente que retumbaba por
todas partes.
«Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos, y las tinieblas cubrían el abismo; y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas…».
A la voz le siguió una serie de espectáculos pirotécnicos, sonidos e incluso chorros de agua que alcanzaron el traje de su mujer. Ésta lo miro con la ceja arqueada. El mohín de incredulidad fue transformándose en asombro. Sobre el suelo lunar crecía hierba de un color que ya no existía, los gigantescos cráteres se llenaban de agua, como si de lagos se tratara. De ellos, asomaban peces colosales, y en los cielos volaban aves, ¡aves y no naves! Pero cuando llegó el quinto día, ay, todo se torció.
«Al principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos, y las tinieblas cubrían el abismo; y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas…».
A la voz le siguió una serie de espectáculos pirotécnicos, sonidos e incluso chorros de agua que alcanzaron el traje de su mujer. Ésta lo miro con la ceja arqueada. El mohín de incredulidad fue transformándose en asombro. Sobre el suelo lunar crecía hierba de un color que ya no existía, los gigantescos cráteres se llenaban de agua, como si de lagos se tratara. De ellos, asomaban peces colosales, y en los cielos volaban aves, ¡aves y no naves! Pero cuando llegó el quinto día, ay, todo se torció.
«…Y dijo
Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género: bestias y serpientes
y animales de la tierra según su especie. Y así fue».
Apenas tuvieron
tiempo para reaccionar ante lo que se les caía encima. La sonrisa de su mujer
de convirtió en una pura mueca de horror. Una gran masa de serpientes y
pequeñas culebras de colores brotó del cielo y se precipitó sobre sus cabezas,
enredándose en el pelo de Matilde. Su grito enfurecido debió de oírse en el
lado luminoso de la Luna, y para cuando Nicolás trató de pedir perdón, ella ya
estaba en la planta baja, introduciendo los datos de viaje en la cabina
teletransportadora.