El alma me llora tanto que rebosa por estas dos ventanas. Me pesa la mueca alegre que llevo en la mochila de la vida. En ella también hay dos cuadernos -el de la infancia, ya completo, y el de esta joven edad adulta, escrito a la mitad-, un borrador casi acabado que desdibuja los malos recuerdos, un sacapuntas que afila mi sexto sentido y un par de lapiceros que escriben simultáneamente mis vivencias y emociones más profundas.
Un día por el camino la mochila se cayó y ese lápiz encargado de plasmar deseos y temores se partió en dos. Como si le hubiera caído un rayo. Petrificado en el acto. Roto y despuntado sigue sangrando palabras sobre las páginas vacías. Brotan a borbotones, lógicas e incoherentes, cautas y atrevidas, todas mezcladas. Me pesa la sonrisa que desvía la mirada de la desesperanza, con la que siempre me bato en duelo inútilmente, tratando de derrotar a ese infecto prefijo, alimento de mi pesimismo.
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