sábado, 25 de noviembre de 2017

Oda a lo invisible

El alma me llora tanto que rebosa por estas dos ventanas. Me pesa la mueca alegre que llevo en la mochila de la vida. En ella también hay dos cuadernos -el de la infancia, ya completo, y el de esta joven edad adulta, escrito a la mitad-, un borrador casi acabado que desdibuja los malos recuerdos, un sacapuntas que afila mi sexto sentido y un par de lapiceros que escriben simultáneamente mis vivencias y emociones más profundas.

Un día por el camino la mochila se cayó y ese lápiz encargado de plasmar deseos y temores se partió en dos. Como si le hubiera caído un rayo. Petrificado en el acto. Roto y despuntado sigue sangrando palabras sobre las páginas vacías. Brotan a borbotones, lógicas e incoherentes, cautas y atrevidas, todas mezcladas. Me pesa la sonrisa que desvía la mirada de la desesperanza, con la que siempre me bato en duelo inútilmente, tratando de derrotar a ese infecto prefijo, alimento de mi pesimismo.

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